Calle de la Cabeza

Placa de la calle de la Cabeza

Entre las plazas de Tirso de Molina y Lavapiés, en ese entramado de calles con nombres curiosos, os sorprenderá ver este azulejo que, más bien, parece un jeroglífico. “¿Una daga, una cabeza humana sobre un plato y una de carnero rezumando sangre a borbotones? ¡Qué habrá pasado en esta calle!”, podéis preguntaros.

El origen del nombre de la calle de la Cabeza tiene que ver con un hecho que sucedió hace mucho tiempo en esta misma calle. Allí vivía un sacerdote que tenía a su servicio a un criado portugués. El sirviente, conocedor de las riquezas que atesoraba su señor, una noche lo asesinó de manera atroz: rebanándole la cabeza. Acopió todo cuanto pudo y huyó a Portugal, donde comenzó una nueva vida como acaudalado caballero. Al no encontrarse pistas que llevasen al asesino, el crimen quedó sin resolver -el CSI del siglo XVII no tenía tantos medios como el actual-.

Pasó el tiempo y el portugués regresó a Madrid. El ahora caballero portugués decidió un día comprarse una cabeza de carnero para comer, por lo que se dirigió al Rastro. Compró la cabeza, la escondió debajo de su capa y partió adonde residía. Como la cabeza estaba fresca -recién cortada-, el portugués iba dejando un reguero de sangre, lo que levantó las sospechas de unos alguaciles que allí se encontraban.

“-¿Qué llevas ahí debajo?
-Pues, una cabeza de carnero que he comprado para comer.
-¿Sería tan amable de enseñárnosla?”.

Imaginad las caras de los guardias al comprobar que, por arte de magia, la cabeza que se creía de carnero se transfiguró en la del cura asesinado años atrás. Detenido y juzgado, el portugués fue condenado a morir ahorcado en la Plaza Mayor. Cuando se cumplió la condena, la cabeza volvió a su estado original. ¿Vaya truco, no?

Este hecho fue muy comentado en la Villa y Corte, tanto que Felipe III colocó una gran cabeza de piedra colgada en la fachada donde se produjo el crimen. Poco duró, ya que los vecinos vieron el detalle algo macabro. Por si fuera poco, los comerciantes de carneros del Rastro vieron caer sus ventas -nadie quería comprar carne allí, por lo que pudiera pasar-, por lo que solicitaron cambiar sus puestos a la actual calle del Carnero, para vencer el maleficio.

Ahí tenéis la solución del jeroglífico de la placa de la calle de la Cabeza.