La rendición de Breda o Las lanzas de Diego Velázquez

La rendición de Breda, Diego Velázquez

La rendición de Breda o Las lanzas, de Diego Velázquez (1634-1635)

“También para el Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, en este caso dentro del ciclo de historias militares del reinado de Felipe IV, que fue llevado a cabo bajo su dirección, realizó Velázquez este gran lienzo. Ocurrida la entrega de la ciudad flamenca en el Annus Mirabilis de 1625 (el de los hechos pintados en el Socorro de Génova de Pereda, la Recuperación de Bahía de Maíno y la Defensa de Cádiz de Zurbarán), el cuadro presenta en el centro al general Ambrogio Spinola recibiendo la llave simbólica, de forma clemente y caballeresca (que el valor del vencido hace famoso al que vence, había escrito diez años antes Pedro Calderón de la Barca en su drama El sitio de Breda), de manos del derrotado pero nunca humillado gobernador de la plaza sitiada, Justino de Nassau. A sus lados, iniciando un arco que sólo se abre en el centro, desde el que se despliega un paisaje que se eleva -incoherentemente respecto a las figuras- para mostrar su topografía dejando una mínima franja para un pesado celaje, dos grupos de soldados se arremolinan, quedando el diestro, el español, sin embargo, parcialmente en el anonimato a pesar del carácter retratístico de algunos de sus rostros, oculto tras los lomos del distraído, lógico aunque impertinente, caballo del general.

La emoción de la victoria, tan contenida en el gesto de los protagonistas, tampoco se ha trasladado a la muchedumbre, sino a las armas; las alabardas y lanzas flamencas componen, en desorden y actitud de descanso, la imagen de la rendición; las picas españolas, largas y enhiestas, forman un compacto y casi perfecto grupo de signos verticales, que cierran a la derecha la apretada y sólida imagen de la fuerza y el orden de los vencedores.

Más que la victoria militar o la superioridad moral, este cuadro podría testimoniar -lejos de las irreales parafernalias mitológicas o alegóricas al uso europeo- la singularidad del gesto humano, racional, en el teatro de la guerra real, siempre nutrida de colectivos anónimos y la fuerza inanimada y bruta de sus armas.”

Texto extraído íntegramente de MARÍAS, Fernando, Diego Velázquez, col. El arte y sus creadores, 19, Madrid, 1993, pág. 137.

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En boca cerrada no entran… ¿gorriones?

Estatua de Felipe III a caballo

La estatua ecuestre de Felipe III, que preside la plaza Mayor, guardó durante muchos años, siglos, un secreto en su interior. Realizada en el siglo XVII por Juan de Bolonia -aunque finalizada por Pietro Tacca-, originariamente decoraba un patio del palacete de la Casa de Campo. Sin embargo, sus creadores jamás en la vida pensaron que acabaría siendo cementerio de… ¡gorriones!

El secreto se resolvió fortuitamente debido a una demostración de fervor republicano al inicio de la Segunda República española. Un ciudadano quiso demostrar a sus vecinos madrileños cuán republicano era. Para ello, insertó unos petardos en la panza del animal a través de su boca con intención de volar la escultura. Al estallar, y tras los aplausos por tamaña muestra de valentía patriótica, los vecinos se dirigían a otro punto, pero uno de ellos reparó en que en el interior hueco del caballo había millones de huesecillos, plumas y un olor nauseabundo.

Al igual que estos ciudadanos introdujeron por la boca los petardos, los pobres gorriones fueron entrando durante años. Unos, perseguirían a algún bichillo; otros, por simple curiosidad, pero ninguno de ellos pudo encontrar la salida a esta oscura trampa mortal.

Tras la Guerra Civil se volvió a instalar en la plaza Mayor la estatua ecuestre de Felipe III, esta vez con la boca sellada de tal manera que los pajarillos no pudiesen entrar.

Nada más. Creo que debo callarme ya, porque en boca cerrada no entran… ¿gorriones?