La maja desnuda y La maja vestida, de Francisco de Goya

La maja desnuda y La maja vestida, de Francisco de Goya

La maja desnuda

La maja desnuda, de Francisco de Goya. Fuente: página web del Museo del Prado.

La maja desnuda (1797-1800)

“Encargada seguramente por Godoy, que desde 1795 se había convertido en decidido mecenas de Goya, esta singular obra, el único desnudo femenino del autor en un tiempo en que este género estaba prohibido por la Inquisición, se cita por primera vez en el palacio del Príncipe de la Paz en 1800 y aparece ya en el inventario de sus bienes incautados, de 1808, junto a La maja vestida. La obra estuvo instalada en un lugar reservado de su palacio, junto a otros dos lienzos de desnudos, uno atribuido entonces a Tiziano, y la Venus del espejo de Velázquez (ahora en la National Gallery de Londres), que le habían sido regalados por la duquesa de Alba. Pocos desnudos femeninos han dado lugar a tanta literatura como éste, a lo que ha contribuido la leyenda romántica sobre la identidad de la modelo, ya que se identifico durante un tiempo con la duquesa de Alba, y también con Pepita Tudó, amante de Godoy.”

La maja vestida

La maja vestida, de Francisco de Goya. Fuente: web oficial del Museo del Prado.

 

La maja vestida (1800-1805)

“Pintada seguramente con posterioridad a La maja desnuda, aparece por primera vez en el inventario de los bienes de Godoy redactado en 1808. El traje blanco se ciñe al cuerpo insinuando las formas femeninas, y la mirada que dirige al espectador es risueña y pícara. Tanto el traje como la chaquetilla con adornos de madroños y la faja rosa están pintadas con pinceladas vibrantes y libres. Las dos majas le fueron incautadas a Godoy tras su caída en desgracia en 1808, después del motín de Aranjuez. En 1815 la Inquisición reclamó a Goya que desvelara para quién había pintado los cuadros y con qué motivo, aunque no ha llegado hasta nosotros la respuesta del artista. Tras la incautación, las majas se depositaron en la Real Academia de San Fernando, aunque sólo se expuso la vestida, pasando al Museo del Prado en 1901.”

Ambos textos extraídos íntegramente de MUSEO NACIONAL DEL PRADO, La colección de pintura española II, Museo Nacional del Prado, 2009, págs. 56-59.

El carro de heno, de El Bosco

 

El carro de heno, de El Bosco

Fuente: página web del Museo del Prado

El carro de heno, El Bosco

El carro de heno (panel central)

La composición, como acertadamente se ha observado, parece remitirse a la iconografía de los triunfos italianos (Cinotti). El carro es arrastrado hacia la derecha, es decir, hacia el Infierno, por seres monstruosos con cabeza de animal que, según Sigüenza (1605), representarían los distintos pecados.

Es acompañado por una muchedumbre variopinta y frenética, de todo origen social, dispuesta a todo con tal de apoderarse de un poco de heno. En lo alto hay una pareja sentada (la lujuria), observada por una lechuza (la ceguera humana o la herejía) incitada por un demonio con cola de pavo a su derecha; a la izquierda, un ángel arrodillado reza y mira a Cristo, que aparece arriba entre nubes. En primer plano hay una serie de personajes, solos o en parejas, que representan una variada casuística de los pecados humanos.

La obra figura a la humanidad pecadora que no se ocupa de Cristo, atenta sólo a adueñarse de los bienes materiales (el heno); la lechuza y el demonio azul sobre el carro simbolizan la lisonja y el engaño. La lechuza era utilizada como reclamo para capturar pájaros y por ende relacionada con el tema del amor y la lujuria; el demonio músico azul tiene la nariz en forma de flauta o trompa, que usa como instrumento musical. ‘El verbo neerlandés trompen tenía el sentido -escribe Vanderbroeck (2001)- de engañar y los tañedores eran considerados como los seductores por antonomasia’. El heno, en los siglos XV y XVI, era un motivo extendido en el folclore neerlandés y significa futilidad, inercia; por influjo de la tradición moralista-religiosa, se convertirá en símbolo de la búsqueda de los bienes materiales y físicos. El carro de heno, además, aparecía a menudo en funciones teatrales y procesionales.”

El Paraiso terrenal (puerta de la izquierda) y El infierno (puerta de la derecha)

Las dos puertas laterales representan por dentro, a la izquierda, el Paraíso terrenal, con una distribución de las escenas contraria a otras versiones del asunto: en primer plano, la expulsión; en segundo, el pecado original, y en el fondo, la creación de Eva. En la puerta de la derecha está pintado el Infierno, escena dominada por extravagantes arquitecturas infernales a las cuales trepan los demonios con ayuda de largas escaleras, mientras que el fondo está iluminado por los acostumbrados resplandores infernales.

Aunque muy dañado también por groseras limpiezas y extensas pérdidas de color, su autenticidad, propuesta inicialmente por los directores del Prado (Sotomayor y Sánchez Cantón), tiene apoyo de buena parte de la crítica. La fecha, por el contrario, es un tanto discutida: fijada en principio por Baldass (1917) dentro de la última fase, hacia 1510, después ha sido adelantada a la fase de madurez por Tolnay (1937, 1965) y recientemente también por Larsen (1998); también Baldass revisó después su postura, proponiendo 1500-1502, fecha aceptada asimismo por Cinotti (1966). El análisis dendrocronológico sitúa la obra en el último período de actividad del artista (en torno a 1516 o después), lo cual hace verosímil la intervención del taller, pero, a diferencia de Unverfehrt (1980), que no considera auténticas ni la obra del Prado ni la de El Escorial. Vermet, basándose en las ‘numerosas discordancias (arrepentimientos) entre el dibujo y la primera capa pictórica’, sigue inclinándose por que se trate de ‘una composición original, si no de mano del propio Bosco‘, pero no del modelo.”

Textos extraídos íntegramente de VV. AA., Los grandes genios del arte. 25.- Bosco, 2005, Madrid, págs. 162-164.

La fábula de Aracne o Las hilanderas, de Diego Velázquez

La fábula de Aracne o Las hilanderas, de Diego Velázquez

La fábula de Aracne o Las hilanderas, de Diego Velázquez (fuente: página web del Museo del Prado)

La fábula de Aracne o Las hilanderas, de Diego Velázquez (h. 1657)

“La mayor parte de los críticos fecha el cuadro hacia 1657 basándose en las influencias y en el estilo de escuela italiana, fácilmente identificables. Sin embargo, otros, entre ellos López Rey, prefieren una fecha entre 1644 y 1650.

Hasta mediados del siglo XX, el cuadro llevó el título de La fábrica de tapices de Santa Isabel de Madrid, pero era también conocido como Las hilanderas. No obstante, en 1848 Diego Angulo Íñiguez puso de manifiesto por primera vez la relación entre la escena representada por Velázquez y el mito de Aracne (el inventario de 1664 se refiere a Fábula de Aracne). Según la leyenda, Palas Atenea, la diosa protectora de las artes del tejido y del hilado, fue desafiada y superada por su propia alumna, una muchacha de Lidia llamada Aracne. La diosa, enfurecida por la afrenta, despedazó la serie de tapices hecha por Aracne, que representaba los amores de los dioses (el primero figuraba el rapto de Europa). En su desesperación, Aracne se ahorcó y fue transformada en araña por Atenea.

Según la hipótesis de Charles de Tolnay y Angulo Íñiguez, las hilanderas que aparecen trabajando en el centro velazqueño representan a los personajes de la leyenda. La joven de la derecha sería Aracne, antes de revelar su verdadera identidad. En el fondo del cuadro, mediante la técnica de los episodios simultáneos, se contempla el desarrollo de la segunda parte de la leyenda: ante el tapiz de Aracne, que muestra el rapto de Europa, aparece una Atenea con casco y ropajes suntuosos. El conjunto está ambientado en una estancia que parece hallarse a un nivel más alto, casi como un pequeño escenario.

Las manchas de color aplicadas por medio de pinceladas pequeñas y rápidas, típicas de ésta y otras obras de Velázquez, evidencian su prodigiosa técnica, que en cierto modo anticipa el Impresionismo y el puntillismo.”

Texto extraído íntegramente de: VV. AA., Los grandes genios del Arte. 1. Velázquez, Unidad Editorial, 2005, pág. 162.

La lucha de san Jorge y el dragón, de Pedro Pablo Rubens

La lucha de san Jorge y el dragón, de Pedro Pablo Rubens

La lucha de san Jorge y el dragón, de Pedro Pablo Rubens (fuente: página web del Museo del Prado).

La lucha de san Jorge y el dragón, de Pedro Pablo Rubens

Para conmemorar el día de San Jorge, patrón de Aragón, he seleccionado esta obra de Pedro Pablo Rubens del Museo del Prado.

Según se cuenta en la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, para aplacar la furia de un dragón, los habitantes de Silca, en el norte de África, le entregaban cada día una oveja y una persona elegida mediante sorteo. De esta funesta suerte no pudo zafarse ni la hija del rey. De camino a su muerte, la princesa fue contempalda casualmente por san Jorge, quien, cautivado por su belleza, mató al dragón. Rubens realizó esta pintura durante su viaje a Italia, y planteó una composición dinámica, con un caballo que divide la escena en dos partes.”

Texto extraído íntegramente de la obra MUSEO NACIONAL DEL PRADO, El Museo del Prado. La colección de pintura flamenca, Museo Nacional del Prado, Madrid, 2009, pág. 78.

El caballero de la mano en el pecho, de El Greco

El caballero de la mano en el pecho

El caballero de la mano en el pecho

El caballero de la mano en el pecho (h. 1580), de El Greco

El Greco consiguió con sus retratos un reconocimiento que no logró con el resto de su obra. Hasta sus detractores le concedían haber realizado buenas obras en este género. Esto se debe en parte a su capacidad para asimilar la tradición del retrato español, combinando sobriedad, distancia y cierto detallismo, con una factura pictórica veneciana.

Éste es uno de sus primeros retratos de caballeros españoles, y con él fija un prototipo: un busto recortado sobre un fondo neutro, con ropajes oscuros que indican la riqueza del personaje, y con la luz concentrada, por una parte, en el rostro y las manos -ambos enmarcados por la gorguera y los puños-, y por otra en detalles de discreta ostentación, como la empuñadura de la espada o la cadena semioculta.

Icono del Prado como encarnación de valores del caballero cristiano español y de la propia pintura española, es una obra que ha generado mucha literatura, sobre todo por la mano elegantemente extendida en la que se ha querido ver arrepentimiento, autoafirmación, un voto -posibilidad reforzada por la espada desenvainada-, un signo de distinción, un ademán retórico o un eficaz recurso expresivo.

Tomado tradicionalmente por un desconocido, se ha apuntado que podría tratarse de Juan de Silva, notario mayor de Toledo.”

Texto extraído íntegramente de VV. AA., El Museo del Prado – La colección de pintura española I, Museo Nacional del Prado, Madrid, pág. 40.

El Nacimiento de Federico Barocci

El Nacimiento, Federico Barocci

Fuente: página web del Museo del Prado

El Nacimiento, de Federico Barocci (h. 1595)

“Formado inicialmente en Urbino, Barocci conoció en Roma la obra de Rafael así como la del manierista Tadeo Zuccaro. Es probable que, en una estancia posterior en Parma, conociese también la obra de Correggio. En 1567 realizó esta pintura para Francesco Maria II della Rovere, último duque de Urbino.

Después de varios años sin pintar, demostró estar en posesión de un estilo muy personal que sintetiza todas las influencias mencionadas, y que se desarrolla mejor en obras de pequeño formato y carácter íntimo. Barocci muestra gran sensibilidad para el tratamiento de las luces, un exquisito colorido de raíz veneciana y una notable veracidad en el tratamiento de los cuerpos en el espacio. Todos estos componentes vienen a configurar lo que se ha llamado ‘naturalismo místico’, capaz de dotar de una cualidad poética a la imagen, cuyo punto focal es el Niño, al que la Virgen semiarrodillada contempla con arrobo.

Esta pintura fue regalada en 1604 a Margarita de Austria, esposa de Felipe III, por Bernardo Maschi, embajador del duque de Urbino en España.”

Texto extraído íntegramente de VV. AA., El Museo del Prado – La colección de pintura italiana, Museo Nacional del Prado, Madrid, 2009, pág. 38

El Jardín de las Delicias o La pintura del madroño, de El Bosco

El Jardín de las Delicias, de El Bosco

El Jardín de las Delicias o La pintura del madroño, de El Bosco (h. 1500-1505)

“El viajero Antonio de Beatis mencionó esta obra en 1517 aludiendo a sus figuras como ‘cosas tan placenteras y fantásticas que en modo alguno se podrían describir a aquellos que no las hayan visto’. El tríptico se hallaba entonces en el palacio de Enrique III de Nassau en Bruselas. En 1568 fue violentamente requerido por el duque de Alba, que lo legó a su hijo Fernando. Al fallecer éste fue adquirido por Felipe II, que lo depositó en El Escorial en 1593.

El discurso de esta tabla es moralizante y analiza, de izquierda a derecha, y desde el Paraíso hasta el Infierno, el origen y el fin del pecado y los pecadores. El anverso de las puertas cerradas muestra una gran esfera que representa el mundo en el tercer día de la Creación, aún carente de vida.

Al abrir las tablas, la izquierda recrea el Jardín del Edén. De arriba abajo aparecen los primeros animales, la Fuente de la Vida en el centro y Dios ofreciendo a Adán su última criatura: Eva. El Árbol de la Ciencia y la serpiente anuncian el primer pecado y la caída del hombre.

La tabla central, con los cuatro ríos del mundo en el horizonte, nos sitúa en la Tierra. El deseo carnal, representado por hermosas mujeres desnudas y simbolizado en numerosos frutos rojos, se convierte en motor de la humanidad. De forma simbólica o concreta se ilustran los diferentes placeres terrenos a los que la humanidad se entrega instintiva e inconscientemente.

La tabla derecha muestra la consecuencia: el Infierno. En la parte superior una ciudad en llamas recibe a los grupos de condenados. En primer término aparecen los suplicios concretos del jugador, del alquimista o del clero impío.”

Texto extraído íntegramente de BLANCA, Diego, y PÉREZ PRECIADO, José Juan, El Museo del Prado – La colección de pintura flamenca, Museo Nacional del Prado, Madrid, 2009, pág. 26.