En boca cerrada no entran… ¿gorriones?

Estatua de Felipe III a caballo

La estatua ecuestre de Felipe III, que preside la plaza Mayor, guardó durante muchos años, siglos, un secreto en su interior. Realizada en el siglo XVII por Juan de Bolonia -aunque finalizada por Pietro Tacca-, originariamente decoraba un patio del palacete de la Casa de Campo. Sin embargo, sus creadores jamás en la vida pensaron que acabaría siendo cementerio de… ¡gorriones!

El secreto se resolvió fortuitamente debido a una demostración de fervor republicano al inicio de la Segunda República española. Un ciudadano quiso demostrar a sus vecinos madrileños cuán republicano era. Para ello, insertó unos petardos en la panza del animal a través de su boca con intención de volar la escultura. Al estallar, y tras los aplausos por tamaña muestra de valentía patriótica, los vecinos se dirigían a otro punto, pero uno de ellos reparó en que en el interior hueco del caballo había millones de huesecillos, plumas y un olor nauseabundo.

Al igual que estos ciudadanos introdujeron por la boca los petardos, los pobres gorriones fueron entrando durante años. Unos, perseguirían a algún bichillo; otros, por simple curiosidad, pero ninguno de ellos pudo encontrar la salida a esta oscura trampa mortal.

Tras la Guerra Civil se volvió a instalar en la plaza Mayor la estatua ecuestre de Felipe III, esta vez con la boca sellada de tal manera que los pajarillos no pudiesen entrar.

Nada más. Creo que debo callarme ya, porque en boca cerrada no entran… ¿gorriones?

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