El carro de heno, de El Bosco

 

El carro de heno, de El Bosco

Fuente: página web del Museo del Prado

El carro de heno, El Bosco

El carro de heno (panel central)

La composición, como acertadamente se ha observado, parece remitirse a la iconografía de los triunfos italianos (Cinotti). El carro es arrastrado hacia la derecha, es decir, hacia el Infierno, por seres monstruosos con cabeza de animal que, según Sigüenza (1605), representarían los distintos pecados.

Es acompañado por una muchedumbre variopinta y frenética, de todo origen social, dispuesta a todo con tal de apoderarse de un poco de heno. En lo alto hay una pareja sentada (la lujuria), observada por una lechuza (la ceguera humana o la herejía) incitada por un demonio con cola de pavo a su derecha; a la izquierda, un ángel arrodillado reza y mira a Cristo, que aparece arriba entre nubes. En primer plano hay una serie de personajes, solos o en parejas, que representan una variada casuística de los pecados humanos.

La obra figura a la humanidad pecadora que no se ocupa de Cristo, atenta sólo a adueñarse de los bienes materiales (el heno); la lechuza y el demonio azul sobre el carro simbolizan la lisonja y el engaño. La lechuza era utilizada como reclamo para capturar pájaros y por ende relacionada con el tema del amor y la lujuria; el demonio músico azul tiene la nariz en forma de flauta o trompa, que usa como instrumento musical. ‘El verbo neerlandés trompen tenía el sentido -escribe Vanderbroeck (2001)- de engañar y los tañedores eran considerados como los seductores por antonomasia’. El heno, en los siglos XV y XVI, era un motivo extendido en el folclore neerlandés y significa futilidad, inercia; por influjo de la tradición moralista-religiosa, se convertirá en símbolo de la búsqueda de los bienes materiales y físicos. El carro de heno, además, aparecía a menudo en funciones teatrales y procesionales.”

El Paraiso terrenal (puerta de la izquierda) y El infierno (puerta de la derecha)

Las dos puertas laterales representan por dentro, a la izquierda, el Paraíso terrenal, con una distribución de las escenas contraria a otras versiones del asunto: en primer plano, la expulsión; en segundo, el pecado original, y en el fondo, la creación de Eva. En la puerta de la derecha está pintado el Infierno, escena dominada por extravagantes arquitecturas infernales a las cuales trepan los demonios con ayuda de largas escaleras, mientras que el fondo está iluminado por los acostumbrados resplandores infernales.

Aunque muy dañado también por groseras limpiezas y extensas pérdidas de color, su autenticidad, propuesta inicialmente por los directores del Prado (Sotomayor y Sánchez Cantón), tiene apoyo de buena parte de la crítica. La fecha, por el contrario, es un tanto discutida: fijada en principio por Baldass (1917) dentro de la última fase, hacia 1510, después ha sido adelantada a la fase de madurez por Tolnay (1937, 1965) y recientemente también por Larsen (1998); también Baldass revisó después su postura, proponiendo 1500-1502, fecha aceptada asimismo por Cinotti (1966). El análisis dendrocronológico sitúa la obra en el último período de actividad del artista (en torno a 1516 o después), lo cual hace verosímil la intervención del taller, pero, a diferencia de Unverfehrt (1980), que no considera auténticas ni la obra del Prado ni la de El Escorial. Vermet, basándose en las ‘numerosas discordancias (arrepentimientos) entre el dibujo y la primera capa pictórica’, sigue inclinándose por que se trate de ‘una composición original, si no de mano del propio Bosco‘, pero no del modelo.”

Textos extraídos íntegramente de VV. AA., Los grandes genios del arte. 25.- Bosco, 2005, Madrid, págs. 162-164.

El Jardín de las Delicias o La pintura del madroño, de El Bosco

El Jardín de las Delicias, de El Bosco

El Jardín de las Delicias o La pintura del madroño, de El Bosco (h. 1500-1505)

“El viajero Antonio de Beatis mencionó esta obra en 1517 aludiendo a sus figuras como ‘cosas tan placenteras y fantásticas que en modo alguno se podrían describir a aquellos que no las hayan visto’. El tríptico se hallaba entonces en el palacio de Enrique III de Nassau en Bruselas. En 1568 fue violentamente requerido por el duque de Alba, que lo legó a su hijo Fernando. Al fallecer éste fue adquirido por Felipe II, que lo depositó en El Escorial en 1593.

El discurso de esta tabla es moralizante y analiza, de izquierda a derecha, y desde el Paraíso hasta el Infierno, el origen y el fin del pecado y los pecadores. El anverso de las puertas cerradas muestra una gran esfera que representa el mundo en el tercer día de la Creación, aún carente de vida.

Al abrir las tablas, la izquierda recrea el Jardín del Edén. De arriba abajo aparecen los primeros animales, la Fuente de la Vida en el centro y Dios ofreciendo a Adán su última criatura: Eva. El Árbol de la Ciencia y la serpiente anuncian el primer pecado y la caída del hombre.

La tabla central, con los cuatro ríos del mundo en el horizonte, nos sitúa en la Tierra. El deseo carnal, representado por hermosas mujeres desnudas y simbolizado en numerosos frutos rojos, se convierte en motor de la humanidad. De forma simbólica o concreta se ilustran los diferentes placeres terrenos a los que la humanidad se entrega instintiva e inconscientemente.

La tabla derecha muestra la consecuencia: el Infierno. En la parte superior una ciudad en llamas recibe a los grupos de condenados. En primer término aparecen los suplicios concretos del jugador, del alquimista o del clero impío.”

Texto extraído íntegramente de BLANCA, Diego, y PÉREZ PRECIADO, José Juan, El Museo del Prado – La colección de pintura flamenca, Museo Nacional del Prado, Madrid, 2009, pág. 26.