Pasadizo del Panecillo

Placa del pasadizo del Panecillo

Este estrecho pasadizo de nombre tan simpático comunica las calles de la Pasa con la de San Justo, a espaldas del palacio arzobispal de Madrid y junto a la iglesia pontificia de San Miguel. El pasadizo tiene forma de recodo y en su interior hay una fuente y unos árboles.

La historia de este pasadizo es antigua. En el plano de don Pedro Texeira de 1656 ya se puede documentar su existencia, aunque con mayores dimensiones. Sin embargo, su nombre lo recibió posteriormente, en el siglo XVIII. Cuenta la tradición que en tiempos de don Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio, arzobispo de Toledo, existía en este pasadizo una ventanilla por la que se repartía a los pobres que acudían allí un panecillo para paliar su hambre. Sin embargo, esta caritativa costumbre tuvo que cortarse, ya que la cantidad de gente que acudía era enorme y se producían disturbios entre los mendicantes… ¡Al menos nos quedó el nombre!

Quizá lo que más llame la atención son las verjas en cada extremo del callejón que impiden transitarlo desde 1829. Hasta entonces, los delincuentes encontraron en este pasadizo un escondite ideal para asaltar a quienes paseasen por sus inmediaciones aprovechando la oscuridad.

Unos mendigos le dieron el nombre y los delincuentes, unas verjas.

Calle de la Torrecilla del leal

Calle de la Torrecilla del leal

Entre las calles de Santa Isabel y Buenavista se encuentra ésta de evocador nombre: Torrecilla del leal. Para conocer el origen del nombre de esta calle hay que remontarse a la Edad Media, concretamente a las guerras civiles castellanas del siglo XIV entre Pedro I el Cruel (o el Justiciero) y su hermano don Enrique (futuro Enrique II de Castilla). En éstas, los concejos tomaron partido por uno de los dos candidatos, y el Concejo madrileño decidió apoyar al rey legítimo Pedro I.

Los linajes de más abolengo de la Villa se repartieron la defensa de cada una de las puertas de la muralla medieval cristiana. El reparto fue el siguiente:

  • Puerta Cerrada: los Lujanes;
  • puerta de Guadalajara: los Luzones;
  • puerta de la Vega: los Herreras;
  • puerta de Moros: los Lassos de la Vega;
  • puerta de Balnadú: los Barrionuevos;
  • y el postigo de San Martín: el prior y los monjes benedictinos.

Pues bien, durante el asedio de Madrid, Enrique buscaba donde hospedarse y se dirigió a una granja -que entonces se denominaban “torrecillas”- en las proximidades de la calle actual. El dueño, leal a la causa de Pedro I, le reconoció como el hermano traidor de su rey y le negó el alojamiento. Tal fue la ira de Enrique que mandó ahorcarle inmediatamente en sus propiedades.

¿A qué se debió tan desproporcionada reacción por parte de Enrique? ¿Fue quizá fruto de la frustración ante la imposibilidad de tomar la Villa por tan férrea defensa? Sea como fuere, lo sucedido en el entorno de esta calle permanecerá en nuestro recuerdo gracias al callejero madrileño.

Calle del Gobernador

Calle del Gobernador

Caminando por el paseo del Prado desde Atocha a la plaza de Cánovas del Castillo os cruzaréis con la calle del Gobernador, en cuya placa de cerámica aparece escrito el nombre de Julián de Picos junto a su supuesto retrato. Pero ¿quién era Julián de Picos?

Como bien indica el nombre de la calle, fue alcalde gobernador de Madrid allá por el siglo XIV, en tiempos del reinado de Alfonso XI. El Concejo le cedió unos terrenos para que construyese su vivienda y unos huertos, los cuales se encontraban frente al prado de Atocha, es decir, en el entorno de esta calle.

Sin embargo, no se trata de una calle para glorificar un mandato, sino para recordar a los madrileños su mal gobierno. Julián de Picos abusaba frecuentemente de su posición, ya fuese utilizando los terrenos del prado para que pastasen sus caballerías, cosa que estaba prohibidísima, o para exigir impuestos abusivos. Ahí no queda la cosa. Además, era muy riguroso a la hora de cobrar las multas, tanto que si no pagaban pronto los ciudadanos, los encerraba hasta que lo hiciesen.

Como era difícil deshacerse de él, porque en más de una ocasión compró su cargo de alcalde gobernador, los madrileños decidieron acusarle ante el rey, quien lo depuso y le condenó a veinte años de pago de multas y a la demolición de su residencia.

La calle va desde la costanilla de los Desamparados hasta el paseo del Prado. Anteriormente, se la conoció como la calle “que sale a las huertas de Valdemoro”. Desde que su residencia fue derribada, la calle permaneció cerrada hasta que tres siglos más tarde volvió a abrirse con el nombre actual.

Calle de la Cabeza

Placa de la calle de la Cabeza

Entre las plazas de Tirso de Molina y Lavapiés, en ese entramado de calles con nombres curiosos, os sorprenderá ver este azulejo que, más bien, parece un jeroglífico. “¿Una daga, una cabeza humana sobre un plato y una de carnero rezumando sangre a borbotones? ¡Qué habrá pasado en esta calle!”, podéis preguntaros.

El origen del nombre de la calle de la Cabeza tiene que ver con un hecho que sucedió hace mucho tiempo en esta misma calle. Allí vivía un sacerdote que tenía a su servicio a un criado portugués. El sirviente, conocedor de las riquezas que atesoraba su señor, una noche lo asesinó de manera atroz: rebanándole la cabeza. Acopió todo cuanto pudo y huyó a Portugal, donde comenzó una nueva vida como acaudalado caballero. Al no encontrarse pistas que llevasen al asesino, el crimen quedó sin resolver -el CSI del siglo XVII no tenía tantos medios como el actual-.

Pasó el tiempo y el portugués regresó a Madrid. El ahora caballero portugués decidió un día comprarse una cabeza de carnero para comer, por lo que se dirigió al Rastro. Compró la cabeza, la escondió debajo de su capa y partió adonde residía. Como la cabeza estaba fresca -recién cortada-, el portugués iba dejando un reguero de sangre, lo que levantó las sospechas de unos alguaciles que allí se encontraban.

“-¿Qué llevas ahí debajo?
-Pues, una cabeza de carnero que he comprado para comer.
-¿Sería tan amable de enseñárnosla?”.

Imaginad las caras de los guardias al comprobar que, por arte de magia, la cabeza que se creía de carnero se transfiguró en la del cura asesinado años atrás. Detenido y juzgado, el portugués fue condenado a morir ahorcado en la Plaza Mayor. Cuando se cumplió la condena, la cabeza volvió a su estado original. ¿Vaya truco, no?

Este hecho fue muy comentado en la Villa y Corte, tanto que Felipe III colocó una gran cabeza de piedra colgada en la fachada donde se produjo el crimen. Poco duró, ya que los vecinos vieron el detalle algo macabro. Por si fuera poco, los comerciantes de carneros del Rastro vieron caer sus ventas -nadie quería comprar carne allí, por lo que pudiera pasar-, por lo que solicitaron cambiar sus puestos a la actual calle del Carnero, para vencer el maleficio.

Ahí tenéis la solución del jeroglífico de la placa de la calle de la Cabeza.

Calle de Puñonrostro

Azulejo de la calle de Puñonrostro

A pesar de que el azulejo no está en muy buen estado (había otros mejores), nos sirve para encabezar una breve reseña que inaugura la nueva categoría Calles de Madrid.

Situada entre la plaza del Conde de Miranda y la calle de San Justo, esta calle de nombre de evocaciones medievales llama poderosamente la atención. En primer lugar, lo que nos viene a la cabeza es que el nombre que ha recibido la calle se debe a que en ella hubo una reyerta y alguno de los contendientes se llevó literalmente un “puño en el rostro”. Por otro lado, la calle de Puñonrostro nos traslada a la época de las justas medievales, donde los caballeros se batían por el corazón de una bella dama. Ni mucho menos tiene relación este nombre con la realidad a la que se refiere. El nombre le viene a la calle porque allí se localizaba la vivienda del conde de Puñonrostro, don Juan Arias Dávila, allá por el siglo XVI.

Don Juan, además de ser señor de Torrejón de Velasco -donde aún se puede contemplar el castillo de su propiedad-, tenía bajo su señorío las tierras de la actual Alcobendas. Allí mandaba con mano dura sobre sus habitantes, y tanto fue así que éstos decidieron huir para asentarse en torno a una ermita de San Sebastián, perteneciente al Concejo de Madrid. Él no pudo soportar esta afrenta de sus súbditos y trató violentamente que todo volviera a la normalidad. Sin embargo, algunos de sus súbditos huidos, sabedores de que el rey Fernando el Católico andaba por aquellas tierras, pidieron amparo real frente a su señor. Fernando escuchó a su pueblo y decidió que Arias Dávila dejase libres a aquellos huidos para que se asentasen donde quisieran. Éste fue el origen del actual municipio de San Sebastián de los Reyes, llamado así en honor a los Reyes Católicos.

Y a todo esto, ¿por qué le fue dado a Arias Dávila el condado de Puñonrostro? El condado se lo concedió Carlos I tras su apoyo en la defensa del Alcázar de Madrid y el castillo de Illescas frente a los sublevados comuneros castellanos.

Por último decir que antes de que el conde de Puñonrostro tuviese su residencia en esta calle fue Fernando del Pulgar, cronista de los Reyes Católicos, el que la habitó.