La calle de Santa María

Calle de Santa María

Calle de Santa María

La calle de Santa María

Hacía tiempo que no escribía sobre el origen de ninguna calle de Madrid. El otro día, conversando con mi querido amigo e ilustrador Carlos Pan, residente en el barrio de las Letras, me preguntó si podía darle información sobre el origen del nombre de su calle: Santa María. No andaba desencaminado, pues él sabía que tenía algo que ver con una imagen de la Virgen que se encontraba en esta zona. Para él y todos vosotros, y por encontrarnos en el mes de mayo -mes de la Virgen María-, me he decidido a escribir esta entrada. ¡Espero que os guste!

La calle de Santa María se encuentra, como dije anteriormente, en el barrio de las Letras. Discurre desde la calle de Moratín hasta la del León, en cuya esquina se desarrolló la historia que dio nombre a la de Santa María. Don Pedro Veluti, un noble caballero de origen italiano, trajo consigo un lienzo en el que aparecía la Virgen contemplando al Niño Jesús, acompañada por San Juan Bautista y San José. Como era costumbre colocar imágenes religiosas en las esquinas de las casas, el piadoso de don Pedro colocó la suya en la anteriormente mencionada esquina.

Esta imagen sufrió varios ataques iconoclastas. Uno de ellos fue protagonizado por unos herejes que vinieron a Madrid en 1623 acompañando al entonces príncipe de Gales, futuro Carlos I de Inglaterra, quienes le asestaron varias cuchilladas. Estos hechos llevaron al señor Veluti a cambiar en dos ocasiones el lienzo original.

Visto lo sucedido, la imagen despertó la devoción de los madrileños, entre los cuales destacó Catalina Flores, esposa de un buhonero de la Corte y madre de la actriz Bernarda Ramírez. La Flores quedó tullida tras el parto de su hija y determinó hacerle una novena como rogativa para recobrar su salud. Era tal su fervor que durante esos días se la veía durmiendo a los pies de la Virgen. Al noveno día, ya sea fruto de la sugestión o de un milagro, cuentan que la mujer se sintió totalmente curada y arrojó las muletas.

Desde entonces la popularidad de esta imagen fue in crescendo, hasta el punto que la Congregación de Actores la tomó como Patrona, bautizándola como la Virgen de la Novena, y trasladada en 1624 a la vecina parroquia de San Sebastián, donde se acordó la construcción de una capilla propia, finalizada en 1665.

En un lugar del barrio de Las Letras…

Calle de las Huertas (barrio de Las Letras)

Calle de las Huertas (barrio de Las Letras)

En un lugar del barrio de Las Letras…

Las calles del barrio de las Letras durante el siglo XVII tenían nombres tan sugerentes como Cantarranas, Viento, Niño, Gorguera o Berenjena. Como bien sabréis, estos nombres hacían referencia a personajes, comercios, instituciones e, incluso, a hechos relevantes que hubiesen sucedido en ellas. Sin embargo, algunos nombres actuales de estas calles ¡no tienen nada que ver con quienes las habitaron en el siglo XVII!

  • La casa de Lope de Vega está en la calle de Cervantes… ¿Hubo de llamarse entonces calle de Lope de Vega?
  • La casa de Cervantes está en la calle de Cervantes… ¿Lógico, no? Sin embargo, no todo el mundo sabe que la residencia del autor de El Quijote tenía su entrada en la actual calle del León.
  • La casa de Quevedo está en la calle de Quevedo. Hoy en día una placa nos anuncia la supuesta casa del genial poeta madrileño. Aunque sí era de su propiedad, se dice que jamás la habitó. ¿Entonces quién lo hizo? Nada más y nada menos que su mayor rival en el Parnaso y en la Corte… ¡don Luis de Góngora y Argote! Parece ser que el autor de La vida del Buscón tenía mucho más tirón y el Ayuntamiento olvidó al poeta cordobés tanto en la placa como en el callejero madrileño.
  • La casa en la que se encuentran los restos de Cervantes está en la calle de Lope de Vega, en el convento de las Trinitarias, ¿No hubiera sido más lógico llamar a aquélla calle de Cervantes?

¡Menudo lío! Obviamente, no vamos a pedir desde aquí que se cambien los nombres de las calles, lo cual provocaría más confusión. Sin embargo, sí queremos contaros éstas y otras curiosidades, ya que por estos motivos es por lo que Madrid nunca deja de sorprendernos.

La Cuesta de los Ciegos

Placa de la Cuesta de los Ciegos

Placa de la Cuesta de los Ciegos.

La Cuesta de los Ciegos

Esta ladera del cerro de las Vistillas, que desciende desde la calle de la Morería hasta la calle de Segovia, esconde una antigua leyenda. ¿De qué leyenda se trata? ¿Acaso caían despeñados por su pendiente? Si queréis contestaciones a estas preguntas tan sólo tenéis que seguir leyendo esta entrada que os trae Rutas por Madrid.

Todos reaccionamos de la misma manera: “Pues seguramente recibe este nombre porque estaba mal señalizada y era muy habitual que los ciegos se despeñasen ladera abajo”. Quizás algo de sentido tiene este razonamiento, ya que es difícil asegurar que ningún ciego -o vidente- cayese rodando por ella. Sin embargo, como otras muchas calles madrileñas, el azulejo nos da las pistas necesarias para desentrañar la leyenda.

En este caso, aparecen dos ciegos y un fraile con el hábito franciscano que está tocando los ojos a uno de ellos. Pues bien, se trata del propio san Francisco de Asís, quien pasó por Madrid en el siglo XIII tras realizar el camino de Santiago y se alojó en una humilde cabaña en lo alto del cerro de las Vistillas. Cuenta la leyenda que cierto día san Francisco llevó una cesta de peces al prior de San Martín y que éste, agradecido, le ofreció un cántaro de aceite. El santo, al cruzarse con los ciegos que vivían a los pies de la cuesta, les ungió los ojos con aceite y les devolvió la vista milagrosamente. Desde entonces, se conoció a esta zona como la Cuesta de los Ciegos.

Otros cronistas afirmaban que esta zona recibió el nombre de “cuesta de los ciegos” en el siglo XVIII, ya que por aquí había unas casuchas donde se recogían los ciegos y pedían limosna a todos aquellos que entraban en Madrid por el camino de Segovia. Sin embargo, esta teoría sobre el origen del nombre pierde sentido tan sólo leyendo algunos textos del poeta madrileño don Francisco de Quevedo, quien ya la citaba en el siglo XVII.

 

Escalinata de la Cuesta de los Ciegos

Escalinata de la Cuesta de los Ciegos.

Por último, una curiosidad por si andáis con tiempo: en la fuente que hay a los pies de la cuesta aún existe un escudo de la ciudad de la Segunda República (1932), con la corona mural y el antiguo escudo madrileño.

La calle del Toro

Placa de la calle del Toro

La calle del Toro

Todo el que pasea por el barrio madrileño de la Morería habrá cruzado alguna vez esta pequeña calle, que nace en la Costanilla de San Andrés y concluye en la vecina e irregular plaza del Alamillo. Nos referimos a la calle del Toro. Como en otras muchas calles de Madrid con nombre pintoresco, ésta también tiene su historia. ¿Quieres conocerla? ¡Pues entonces sigue leyendo!

Existen dos tradiciones que explican el origen del nombre de esta calle. Una de ellas nos habla de un toro bravísimo que fue lidiado en la calle de Segovia. Se dice de este toro que “entró a 23 varas y a ocho vanderillas (sic) quasi no hubo vara que no tocase o hiriese los caballos y a la oncena vara quedó la plaza sin picadores”. Sin embargo, a pesar de su bravura el toro falleció; y los vecinos pidieron que les fuesen entregados sus cuernos para exponerlos y recordar así a dicho animal, dándole nombre a la calle donde se encontraban.

La segunda tradición está basada en esta primera. Cuentan que durante un tiempo todos los días a la hora en que el toro murió se escuchaban sus bramidos. Este hecho atrajo a muchos madrileños que comprobaban cómo ciertamente se oían. En un principio, pensaron que la calle estaba embrujada y que en ella había un toro fantasma. Sin embargo, a las semanas se descubrió que un joven vecino de la calle hacía sonar desde el interior de su vivienda uno de los múltiples cuernos que en ella había, ya que su padre los vendía como instrumentos de viento. ¡Imaginaos la que le cayó al bromista…!

A pesar de que se descubrió al presunto causante de los bramidos, el misterio continúa, ya que algunos vecinos los siguen escuchando, todos los días, siempre a la misma hora… ¿Os atrevéis a comprobarlo?

Calles de la Esgrima y de la Espada

Calle de la Espada

Placa de la calle de la Espada

La calle de la Espada

Las dos calles que tratamos en este artículo están íntimamente relacionadas. La calle de la Espada tiene su origen en la plaza de Tirso de Molina y termina en la calle de la Esgrima.

En la casa conocida como la Casa del Inquisidor, un maestro de esgrima levantó su escuela y, a modo de reclamo publicitario, colgó una espada de una cadena junto a la puerta. No sólo eso, sino que afirmaba que la espada perteneció a un noble francés, que la llevó en varias batallas y casi le otorgaba poderes prodigiosos.

Durante años el maestro de esgrima enseñó a muchos tiradores de espada en este corralón -entre otros, don Félix Lope de Vega y su hermano-, hasta que el dueño de la casa, harto de no cobrar algunos pagos y deseoso de demoler la vivienda para reedificarla, echó al maestro de esgrima. Eso sí, como sabía del valor que tenía la espada (o del que su dueño le daba) se quedó con ella en compensación por las deudas. El propietario comenzó el derribo del corralón, pero por un litigio con los frailes del vecino convento de la Merced no pudo completar la obra y la espada quedó allí colgada mucho tiempo, dando nombre a la calle.

Pero, ¿dónde acabó la espada? Se dice que don Antonio de Silva y Toledo, duque de Alba, paseando de camino a su palacio -situado entorno a la actual calle del Duque de Alba-, observó la espada y se encaprichó de ella y de sus fantásticas historias. El dueño de la finca, que aún se encontraba en pleitos con los monjes, no dudó en aceptar la oferta del aristócrata, y desde entonces la espada pasó a formar parte de la colección particular del duque. ¿Habrá llegado a nuestros días?

Calle de la Esgrima

Placa de la calle de la Esgrima

La calle de la Esgrima

La calle de la Esgrima nace en la vecina calle de Jesús y María y termina en la calle de Mesón de Paredes, anticipo del castizo barrio de Lavapiés.

El nombre de la calle viene de la actividad que se practicaba en un corralón situado en ella. El mismo maestro de esgrima que impartía lecciones en la calle de la Espada se desplazó aquí para continuar su labor, tras los problemas que tuvo con el dueño de la antigua finca. Este nuevo corralón pertenecía a un viejo mercader de libros, que decidió alquilárselo por veinte ducados al año.

Además de su labor docente, los días festivos el maestro de esgrima cedía el espacio -siempre por diversión- para que los madrileños pudieran llevar a cabo allí sus asaltos… sin embargo, no todos iban a “divertirse”. Hubo varios escándalos ya que algunos contendientes se retaban a muerte en este lugar, lo que le obligó al maestro a cerrarlo sólo para sus alumnos, entre los que se encontraban, por poner algún ejemplo, los pajes del duque de Lerma, valido de Felipe III.

Calle de Mira el Sol

Calle de Mira el Sol

Placa de la calle de Mira el Sol

Calle de Mira el Sol

Esta calle de Mira el Sol, ubicada entre las calles de Embajadores y Ribera de Curtidores, tiene relación con las anteriormente comentadas calles de Mira el Río (Alta y Baja).

La tradición cuenta que, tras las copiosas lluvias entre octubre de 1439 y enero de 1440, el 2 de febrero amaneció con un sol radiante. Los madrileños, si unos meses antes comentaron la fuerza con que bajaba el río, esta vez exclamaron con alegría “¡Mira el Sol!“. Las plegarias que se hicieron a la Virgen de Atocha parece que hicieron efecto. Entonces era habitual sacar en procesión a las imágenes para pedirles que lloviese, que volviese el buen tiempo o que se apagasen los incendios… La Virgen de Atocha, cumplido el trabajo, pudo volver a su capilla desde la iglesia de Santa María, donde se encontraba.

Actualmente, esta calle es una de las más típica del Rastro madrileño, donde se localizan los puestos de venta de hierros, piezas de máquinas o trastos aparentemente inservibles.

Calles de Mira el Río (Alta y Baja)

Placa de la calle de Mira el Río Baja

Placa de la calle de Mira el Río Baja

Calles de Mira el Río (Alta y Baja)

Estas dos calles, que comparten el mismo nombre, se diferencian simplemente por su posición geográfica. Mientras que la calle de Mira el Río Alta se encuentra entre las calles de Carlos Arniches y la de Arganzuela, la calle de Mira el Río Baja se extiende desde la plaza del Campillo del Mundo Nuevo hasta la calle de Mira el Río Alta.

Cuenta la tradición que el nombre tiene su origen en la primera mitad del siglo XV. Capmany recoge en sus crónicas que durante las lluvias torrenciales caídas diariamente desde el 29 de octubre de 1439 hasta el 20 de enero de 1440 (es decir, hace hoy 574 años) el río Manzanares bajaba crecido. Los madrileños se dirigían al alto donde hoy se encuentra esta calle para observar el caudal del Manzanares y exclamaban entre ellos “¡Mira el río!“, dándole así nombre a la calle. Otras fuentes, quizá más veraces, afirman que el nombre lo recibió al construirse las primeras viviendas en este paraje, porque tenían vistas hacia el río.

A lo largo de la historia, estas calles tuvieron otros nombres. La calle de Mira el Río Alta se llamó calle de Juan García Pastor. D. Juan fue discípulo del Estudio de la Villa y fundador de una escuela de primeras letras para muchachos pobres en tiempos del corregidor marqués de Vadillo. La calle de Mira el Río Baja hubo un tiempo que se la conoció con el nombre de calle de las Pulgas, cuyo origen merece poca explicación…

Estas dos calles tienen relación con la vecina calle de Mira el Sol, pero ésa será otra historia…