Mata Mua, de Paul Gauguin

Mata Mua, de Paul Gauguin

Mata Mua (Érase una vez), de Paul Gauguin (1892)

“La primera estancia de Gauguin en Tahití abarcó desde junio de 1891 hasta junio de 1893. Con anterioridad, en 1889, Gauguin había frecuentado el village javanais con ocasión de la Exposición Universal de París. Su intención al planificar el viaje a Tahití era impregnarse de la vida salvaje de los habitantes de la isla del Pacífico. Pero la realidad fue otra. Como colonia francesa, Tahití se había europeizado y apenas era visible ningún vestigio de una religión y un arte primitivos.

Ante la desilusión que constituyó esta constatación, Gauguin optó por profundizar él mismo en los orígenes de la isla. Y lo hizo recurriendo a fuentes diversas de la cultura polinesia como el folclore local, el testimonio oral de su joven vahine (mujer), Tehamara, y un libro del explorador francés Jacques-Antoine Moerenhout, Voyages aux îles du Grand Océan (1837).

Años más tarde, en la versión definitiva del libro Noa Noa, Gauguin señalaría a propósito de su marcha de Papeete tierra adentro, en búsqueda de los orígenes míticos de la isla: ‘Me alejo del camino que bordea el mar y me adentro por un bosque que sube hasta bastante altura en la montaña. Llego a un vallecito. Los escasos habitantes que lo habitan quieren seguir viviendo como antaño‘.

Esa vida de antaño es la que Gauguin quiso representar en Mata Mua (Érase una vez), una escena pastoral moderna. En primer plano una muchacha toca la flauta mientras que otra escucha a su lado. Pero a su vez las dos están de espaldas -y separadas por un enorme árbol- respecto al resto de la composición, como si se tratase del producto de su imaginación o de la evocación de la música de la flauta. En segundo plano, tres figuras femeninas más bailan en honor a Hina, diosa de la luna.

La escultura de Hina también aparece en otros cuadros de Gauguin de la época, como Arearea (1892) y Hina Maruru (1893). Pese a tratarse de una deidad real, no existen vestigios monumentales de ella. Tampoco existían a finales del siglo XIX, por lo que Gauguin reconstruyó su apariencia a partir de diversas fuentes, entre las que destacan las tallas tikis de las islas Marquesas. De ahí que Mata Mua represente no tanto una imagen contemplada -a la manera de los impresionistas-, sino una recreación simbólica de una Edad de Oro desaparecida.

El carácter mítico de la escena se expresa, ante todo, a través de la cualidad decorativa de los colores. Gauguin evoca también el sonido de la flauta y el profundo olor de las orquídeas en forma de estrella que figuran en el primer plano. Pero son sobre todo los colores, liberados por primera vez de su tradicional función descriptiva, los que consiguen trasmitir al espectador la armonía de ese paraíso imaginario. Ordenados en áreas planas de tonos brillantes y muy saturados, separados por gruesos contornos, componen un suntuoso tapiz bidimensional.

Mata Mua fue considerada por Gauguin, junto a Arearea (Museo d’Orsay, París), Pastorales tahitianas (Museo del Ermitage, San Petersburgo) e Hina Maruru (colección privada) -todas ellas pintadas entre diciembre de 1892 y enero de 1893-, una de las mejores obras que habían salido de sus pinceles.”

Texto extraído íntegramente de VV. AA., Museo Thyssen-Bornemisza. Guía de la colección, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 2012, pág. 272.

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